lunes 15 de junio de 2009

“¿Qué estás pensando?”

La versión del Facebook en español ha traducido el “What are you doing?” de su versión inglesa como “¿Qué estás pensando?”, lo cual me parece que toca una dimensión mucho más íntima de lo que la naturaleza de esa página de contactos requiere. Cada mañana cuando leo esa frase en mi página estoy tentado a realmente escribir lo que estoy pensando, por ejemplo: “¿Realmente debo inscribirme en esa maestría virtual?” o la más íntima “¿Por qué me he pasado dos días sentado frente a la hoja de Word sin escribir nada?” o una incluso patética: “Me desgracia que las mujeres no me den bola”.

Hoy, por ejemplo, uno de mis contactos ha escrito “¿Por qué esforzarme tanto?” He estado tentado en comentarle la frase, pero como lo conozco, dudo que esas palabras tengan el sentido depresivo que yo acaba de interpretarle. Por lo demás, creo que este tipo de páginas son más para mostrarse como uno debería ser y para compartir información, algunas veces valiosa. Como yo me tomo a pecho lo que leo (más que lo que escucho), por eso no podría utilizar el Facebook para colocar realmente lo que estoy pensando.

Pero ¿qué estoy pensando? Esta mañana, por ejemplo, en si debería realmente insistir en seguir escribiendo, pese a que no puedo hacerlo. Otro pensamiento que se me cruza por la mente es en asegurarme el futuro, es decir, “¿debo seguir una maestría honerosa para obtener una recompensa más adelante?”. Otros pensamientos ya no me llaman la atención, pues vengo lidiando con ellos hace algunos años, como el de no tener flaca, o el de por qué soy tan áspero y sin gracia; en fin, eso, por decirlo de alguna manera, está dentro de lo normal para mí.

Sin embargo, prefiero tener tiempo para pensar. Hace un año exactamente iba de lunes a viernes a la universidad y en las tardes lo empalmaba con el diario. Quedaba tan cansando que ni siquiera podía pensar en nada. Me vencía el sueño y dormía en los buses. Prefiero el pensar, por más dañino que pueda ser a veces, que el no pensar. Los pensamientos hay que saber domarlos para que no se descarrilen y se conviertan en cuchillos en forma de boomerang. Cuanto más he pensado más humano me he sentido. “Pienso, luego existo”, frase nunca tan vigente ahora, pese a que la vida y su vertiginoso ritmo inciten a no pensar y hacer, hacer, hacer…

Estoy pensando en que mucha gente a la que conozco leyéndome me entiende más cuando escribo que cuando hablo. Estoy pensando en que hoy, que dentro de unas horas volveré a mi rutina laboral, en el fondo sigo siendo yo y no Charles Chaplin en ‘Tiempos Modernos’. Pienso en que a veces por pensar mucho la he fregado, es decir, le he dado muchas vueltas a la tortilla. Pero es mi naturaleza, lo otro el hacer, hacer por hacer…no es lo mío. Y sé que los demás pueden pensar que eso no está bien, pero si no tenemos libertad para pensar como nos dé la gana ¿para qué entonces la vida merece ser vivida?

miércoles 10 de junio de 2009

El hombre sin atributos

No sé cantar. Solo me atrevo a hacerlo en voz alta o cuando estoy solo o cuando estoy ebrio. Confieso que me gustaría tener ese don. En mis alucinaciones de adolescente me veía con mi guitarra y sobre un escenario. No aprendí a tocar guitarra. En la parroquia solía esconder mi voz entre otras para que no se me escuche.

No sé cocinar. La prueba de sobrevivencia máxima que he experimentado ha sido abrir una lata de atún, sancochar un huevo y comerlos con papas sancochadas. Mi madre es una excelente cocinera y ese es un peso tremendo. Me he prometido aprender algo siquiera cuando viva solo.

No sé dibujar. De niño le pedía a mi papá que me haga los dibujos. Le dejaba indicado lo que quería hacer y él cuando regresaba del trabajo lo hacía tan bien que me lamentaba de no tener esa habilidad. Una vez hice un buen dibujo cuando estaba en quinto de primaria. Sin exagerar me habré tardado casi dos horas en dibujar a un niño en una embarcación en la selva rodeada por un caimán.

No sé hablar. Junto a la de no saber cantar esta es quizás la más frustrante de todas mis limitaciones. Saber hablar bien es poder. El floro es poder. Para colmo no me gusta el tono de mi voz, demasiado grave y poco potente. Disfruto de conversar más que de hablar. Sin embargo, cuando estoy ebrio la sinhueso se me libera y empiezo a hilvanar una palabra tras otra. Pero no se puede estar todo el día ebrio.

No sé muchas cosas más. Ya me olvidé de manejar, no sé estacionar, no sé de mecánica. No sé inglés (lo leo, pero no puedo entender ni a una gringa en pindinga). No sé actuar. No sé bailar (solo ebrio coordino bien). No sé de diseño. Solo sé que nada sé.

No sé si sepa escribir. Creo que no lo hago como para aspirar a ser escritor profesional. No logro salir del trauma que significa decirme “me voy a sentar a escribir un cuento”. Eso me anula, me asusta. No sé si algún día pueda decir que lo único que sé en la vida es escribir. No sé adivinar el futuro. Lo único que sé es que de la vida lo que más disfruto son aquellos momentos en que soy mi propio amo y hago lo que me plazca. Como ahora, hasta antes de partir hacia mi trabajo.

lunes 8 de junio de 2009

No seamos injustos con el lunes

El día más aburrido de la semana. El día más temido. No recuerdo haber tenido que cumplir años los lunes, pero de haber sido así seguro que lo festejé un sábado. Es un día de borrón y cuenta nueva también, no seamos injustos con el lunes. Representa el comienzo.

Las clases empiezan los lunes. Cuando uno cambia de trabajo, generalmente le piden que inicie el lunes. El lunes es el día para contar lo hecho en el fin de semana. El lunes, es el día perfecto para decir que se está ocupado.

Los lunes se inician cosas que se planean acabar el fin de semana. Los lunes empieza todo. Los lunes pueden ser días de conclusión también. Luna, lunes, senul, neslun, nulsen…día para empezar a pensar también.

miércoles 3 de junio de 2009

En el día de las putas

Foto: Agencia France Presse

Hoy en Lima hubo una marcha de trabajadoras sexuales. Vamos, dejémonos de eufemismos. Corrijo entonces: Hoy en Lima hubo una marcha de putas. Eran más de cincuenta las mujeres que llevaban camisetas color fucsia y carteles con lemas en los que exigían respeto a su digna profesión. Entre todos los lemas hubo uno cargado con una fuerte dosis de humor como de verdad: “Todos tenemos algo de puta. Respétalas”. ¿Qué tal?

La dirigente de las prostitutas, Ángela Villón, una respetable señora de generosas proporciones y al borde de la cincuentena, había dicho en la radio que su trabajo era como cualquier otro y no una actividad delictiva. “¿Cuántos trabajos más “decentes” que este hay, pero que en el fondo son más nocivos para la sociedad?”, me pregunté. En realidad, todos tenemos algo de puta. Esa frase no pudo ser más cierta. Creo que en el fondo todos nos alquilamos un poquito, estamos obligados a ceder. La diferencia radica en qué tan conscientes somos de esto.

Siempre he estado tentado de acostarme con una prostituta. La última vez que estuve tantito cerca, un compañero se echó para atrás y me dijo que estaba ‘misio’. Y fue bueno, pues creo que más triste es para el que alquila el servicio que para quien lo brinda. Conozco mucha gente que literalmente se va de putas. Alguna vez uno de ellos se atrevió a hacer un cálculo y estimó que en tres años habría gastado unos cinco mil soles (poco más de 1,500 dólares) en “atenciones”.

La señora Villón, la dirigente de las putas, había contado en la radio que había trabajado durante más diez años en el “5 y medio” y que todo lo que sabía de la vida lo había aprendido en la “universidad de la calle”. Se quejaba de tener que llevar una doble vida para ocultar su oficio de puta y así acceder a alguna forma de crédito. Lo decía con una naturalidad y sin vergüenza de su oficio, por el contrario, lo reivindicaba como si tratara de cualquier demanda de un sindicato común y corriente.

No todos hacemos todo el tiempo lo que realmente queremos. Prostituimos nuestro tiempo con el objetivo, de en algún momento, salirnos con la nuestra. Algunos logran salirse antes y se convierten en su propio caficho. Otros se demoran en hacerlo y quieren liberarse y andar por cuenta propia. Hay casos, como el mío, que sin tener vocación por el meretricio, lo somos, y andamos con la idea de dejarlo cuanto antes. ¿Cuál es el límite? ¿En qué momento ponerle freno?

La marcha de las putas en Lima fue nota fija en los noticieros de la noche. Rebotó en los cables de las agencias de noticias y presumo que mañana – o ya hoy – merecerá breves notas, con su respectiva fotografía en los diarios. "Lolitas marchan por derechos", vislumbro que saldrá o algo parecido en Trome. Esa noticia, indudablemente, por curiosa, inusitada, fuera de lo común, "vende". Primer ciclo de periodismo.

La tarde de hoy fue quizás la más fría del año. La ciudad se vistió de esa tonalidad gris que le cae tan bien, pero que solo molesta porque viene acompañada de humedad. Cuando vi a las putas marchar por las calles hoy, sentía que de alguna manera, siguiendo el espíritu de su lema, nos representaban a todos.

miércoles 13 de mayo de 2009

¿Por qué no escribes?

En la mañana, minutos antes de que empezaran las clases, una alumna me sorprendió con la siguiente pregunta: "Profe, ya no escribe tan seguido en su blog ¿Por qué, ah?". La interrogante me hizo sonreir con nerviosismo y por la entonación con la que lo hizo sabía que se refería a este y no al del curso. Ya no como profesor, sino de igual a igual le dije que mi mente estaba en desorden, como si hubiera una pelea de gatos.

Esta observación, aparentemente insignificante, me hizo pensar al respecto. Mucho, diría yo. Siempre decía que cuanto más jodido me sentía, más ganas me daban de escribir. Ahora me da temor pensar que así como uno puede acostumbrarse al caos del tránsito o a la bulla de nuestro barrio, también la adaptación a la insatisfacción pueda paralizar.

Y si cada día es distinto, no lo sé. Desde hace un mes, más o menos, no distingo una semana de la otra. Salvo un sábado que me reuní con mis amigos, las otras han sido trabajo, trabajo. Por momentos me llego hastiar, pero sé que el dinero (el maldito dinero) obliga. ¿Pero hasta qué punto? ¿Qué tipo de vida quiero? Estas preguntas vuelven a mi mente porque mi situación es tan previsible que me aburre.

A mi alumna, quería decirle - ya que no pude hacerlo en la mañana - que en realidad no escribo porque me siento hastiado de la rutina y que de momento, vengo ahorrando para un día tener los verdaderos cojones de no hacer todo el tiempo cosas para otros. Y de paso, también, le agradezco por sacarme del marasmo y volcarme otra vez a escribir algo siquiera.

miércoles 6 de mayo de 2009

Paradojas bien cachosas

Antes no tenía ni un medio para salir, ni para invitar a una flaca al cine. Ahora, no es que sea rico, pero sé que tengo menos apremios, pero no tengo nada de tiempo.

Estamos en la era de lo digital, de la web; pero cuanto más me sumerjo en ella más dejo de leer un libro.

Cuanto más cerca tengo a mi familia, menos la valoro. Recuerdo cuando vivía en una casa ajena como guardían, ¡Cómo extrañaba el ruido, la presencia de mis padres!

La computadora que tengo en el trabajo es de lo más lenta, es una calamidad y eso que somos la sección web. 

Cuando intento estar relajado sin preocuparme de nada,  me siento absolutamente improductivo. Pero cuando programo todo, me siento menos humano.

Por eso este es el verso que más me repito a mí mismo: "Hoy me gusta la vida mucho menos, pero cómo me gusta vivir: ya lo decía", escrito por un tal César Vallejo.




domingo 26 de abril de 2009

Está de moda quejarse

Todos se quejan. Unos más que otros. Yo también suelo ser un quejón, pero eso ¿de qué me ha servido? De nada, respondo. De nada. En las conversaciones cada cual se cree más mártir que el otro. Quejarse parece un pasatiempo nacional. Yo quiero, no me sale, me quejo, pero prefiero intentar. Es mejor que quedarse paralizado.

Está de moda quejarse. Se quejan los empresarios ante la crisis, pero no quieren hacer nada al respecto. "Que el gobierno haga algo", dicen. Se queja el trabajador porque si ganara más hiciera más. Nos quejamos por todo. ¿Y los que no tienen trabajo? Vaya que tienen motivos para quejarse. Pero la insatisfacción es la que nos mueve a quejarnos. La insatisfacción, o sea el inconformismo, es saludable, pero no debe quedarse en la queja. 

Creo, fatalistamente, que nunca vamos a estar conformes con nuestro destino. Pero tengo mis dudas sobre si el destino de uno está escrito. Sin embargo, a veces, tengo la impresión de que las situaciones confabulan para bien de uno, y a eso le llamamos suerte. Quizás sea una mixtura de ambas cosas.  Antes consultaba a brujas sobre lo que me podría pasar, pero pasados los años no acertaron en nada. Por eso y para evitar ansiedades inútiles no recurro a las pitonisas.

A veces la queja deriva en la envidia y ese es otro pasatiempo nacional. Como no nos sale nada y al otro sí, "ese tiene suerte".  Y eso deriva en su forma atenuada y que llamamos raje. Quienes rajan son unos quejones que lamentan lo que no tienen y creen que a los otros les ha llovido del cielo. De eso hay ejemplos de sobra y no hace falta entrar en detalles. 

La queja es zafarse del problema y no reconocer que uno es culpable. Me quejo del calor y no salgo a correr. Me quejo de la rutina y del trabajo y no hago nada. Reconozco que he usado a la queja de pretexto cuando no he querido hacer nada. Me quejo de mi trabajo, de las condiciones, pero lo único que he hecho con eso es pasarla mal. Hay un remedio contra la queja y se llama esperanza. Por algo estoy aquí, digo. Debo servir para algo, me repito. Lo único que me levanta el ánimo y hace que me eche sobre el hombro todos los problemas es creer que escribiendo puedo poner en jaque a mis quejas.