lunes, 14 de noviembre de 2016

La levedad del ser

No pensé vivirlo tan pronto, pero supongo que voy sintiendo los estragos del paso del tiempo. Al fin y al cabo somos una máquina que se va desgastando con el uso. Si bien, a veces, más que del uso depende del sello de fábrica. De un momento a otro he enfermado y ahora mismo no me siento tan bien. Tengo un cansancio tal como si hubiera realizado alguna proeza física cuando más me he pasado el tiempo en la oficina, sentado, a lo mucho desplazándome de mi casa al paradero y al bajar de la combi me he desplazado al trabajo.

Me he sentido vulnerable y presa de mis dolencias físicas: una gastritis crónica leve y un fuerte dolor de columna por las mañanas. Lo atribuyo todo al estrés y a las tensiones laborales. Ha habido muchas descoordinaciones y broncas por cierta improvisación en la realización de las cosas allí. He renegado no una sino muchas veces. Quizás allí esté la causa.

Quiero mejorar, pero no puedo del todo. Estoy agotado y no necesariamente harto. Me siento inerte, paralizado sin posibilidad de escribir o hacer algo más interesante que subsistir y repetir mis días de forma parecida.

Me queda una semana casi para irme de viaje, quizás en otro país y lejos encuentro un nuevo sentido, o por lo menos tome un poco de aire fresco y regrese renovado. O quizás no quiera regresar a mi realidad cotidiana.

viernes, 16 de septiembre de 2016

No nos engañemos

No nos engañemos, hoy en día la gente no está dispuesta a leer libros por más esfuerzos que haga el empeñoso autor para que se conozcan sus obras. Me conmueve a veces, me da vergüenza ajena, otras, ver al escritor por las redes publicando cosas como "no se olviden que mi libro tal lo pueden encontrar en la librería cual". "Para aquellos que preguntan, hoy estaré firmando libros en el stand aquel en la hora nona". No nos engañemos, la gran proeza es acabar de escribir un buen libro, no venderlo. Ser un escritor conocido y famoso es un azar. Si quieres fama, escribe libros de autoayuda o incursiona en el coaching y empieza a hablar de los siete secretos del éxito.

La sociedad mercantilista es la que nos gobierna y el libro, en ese sistema, es una mercancía sujeta a las reglas del márketing. Creo que lo más legítimo es esforzarse por publicar un libro que tenga harto nervio, que se producto de un salvaje acto de autocanibalización y de una  lectura científica de la realidad. En suma, escribir ese libro solo para uno mismo y no hacerse ninguna expectativa. Todos soñamos con el aplauso del resto, con que nos reconozcan por lo que hemos escrito, pero eso ocurre mucho menos ahora. El mundo ha cambiado. Vender tus libros no garantiza que la gente los lea o demande otras historias provenientes de tu pluma.

Celebro el anonimato, el silencio kafkiano -interrumpido por su mejor amigo-, la insatisfacción permanente y el escepticismo respecto a nuestras habilidades. Hay que aceptar con humildad que la última de las prioridades de la gente será leer nuestros libros, antes de eso, siempre será mejor dedicarle atención a los clásicos.

jueves, 15 de septiembre de 2016

A veces

A veces creo que estoy desperdiciando mi talento. Otras veces creo que no tengo talento. Mis días suelen ser más sombríos que exultantes. A veces creo que soy un misántropo o que voy camino a serlo. Otras veces pienso que en realidad soy un ser solitario que necesita algunos momentos de compañía. A veces pienso que he nacido en el país equivocado. Me pasó esta mañana cuando bajé de una combi, donde venían muchas personas, dispuestas como si fueran bultos. Escuchaba bocinazos, el grito de los cobradores, los dateros, el mismo paisaje de siempre. Caminaba por el puente hacia el trabajo y me decía si no sería bueno, acaso, huir de esta mierda. Pero, pensaba, no se trata de huir, de escapar, de evadir, sino de buscar. Buscar la posibilidad de hacer lo que realmente se quiere independientemente del dinero.

A veces me da por no hablar, aunque últimamente hablaba por el hecho de no quedarme callado y evitar que se fijen en mí por eso. Pienso que, en todo caso, es mejor estar en silencio, si es que no tengo nada importante que decir. A veces creo que es mejor escribir y leer, y mandar todo a rodar. Sin embargo, me preocupa no valerme por mí mismo y depender de la ayuda de mi familia. A veces creo que voy camino al fracaso, pero a la vez pienso que he empezado tarde, que mi descubrimiento tardío de la lectura no ha sido culpa mía. A veces creo que estoy perdiendo mi tiempo y debería escribir ese libro tan anhelado. Que debería dejarme de tonterías y empezar a escribir aunque me caiga de sueño. Por otro lado, me convenzo de que si no tengo nada nuevo que decir y voy a escribir algo que se sume a los tantos y tantos libros anodinos, es mejor no escribir nada. Recibo tantos libros y no puedo leerlos todos. Me escriben y me preguntan si leí sus libros. Mi respuesta inmediata sería es que tengo mejores cosas que leer, pero no hay que ser injustos. A lo mejor hay algo interesante. Y cuando leo el libro, veo chispazos, de 280 páginas, apenas un par de párrafos aceptables. Pienso que lo mío tendría que ser mejor.

A veces me aburro del trabajo, cuando eso pase y mi mente está a punto de estallar, prefiero escribir como ahora.

sábado, 10 de septiembre de 2016

S.O.S.

Envidio a los que escriben como un torrente y las palabras le fluyen con naturalidad y pueden construir una historia, un relato, con facilidad. A mí escribir me pone en un estado de ansiedad que me hace desear no hacerlo. Me viene una tensión permanente, entro en pánico. Ahora, que se acerca el día de la entrega de un texto, estoy desesperado. Quise fumar un cigarrillo, caminar ansioso por mi estudio. No quería, el tabaco no me produce placer y me resulta amargo. Hurgué en la refrigeradora y encontré unas cervezas. Tomé una y me calmó un poco.

Creo en casos como este que si el acto de escribir va a ser tan tortuoso estoy en un gran problema. Porque si en el fondo es esto a lo que quiero dedicarme, cómo podré tolerar algo que, a todas luces, me pone en sobresalto, en estado de pánico. Y para colmo sin los resultados que deseo.

martes, 30 de agosto de 2016

Estar en el mundo

Escribir es la forma más interesante de estar en el mundo. La frase es de Vila Matas. Me ha dado vueltas en estos días en los que procuro dar sentido a mi existencia, a una vida insatisfecha en lo sensorial. Antes hubiera agregado en lo material, pero por el momento tengo resuelto esto con el trabajo que tengo. Haciendo el balance no me puedo quejar en este punto. Donde sí hay un vacío es en esta parálisis por no poner manos a la obra con el libro tantas veces postergado.

Hace poco me propuse escribir un cuento y fracasé. El germen de esa historia devino en un post intrascendente. El plazo para entregar el cuento venció y me puse a pensar si es que acaso estoy negado para la ficción y lo que tengo que escribir es una historia construida casi en su totalidad con la verdad.


Hablar de verdad es tan relativo. Cada uno tiene su verdad, su manera de contar su vida o de dar sus explicaciones sobre sus acciones. Mi verdad no será la de esa otra persona, sino que será juzgada desde su manera de ver el mundo. A veces esas dos formas de ver el mundo, la vida, coinciden y ese es el origen del libro que uno estaba tanto tiempo leer. 

viernes, 26 de agosto de 2016

Imaginerotismo

Quiero estar contigo y que hagamos el amor intensamente. Quiero entrar en ti y explorar cada rincón de tu cuerpo. Olerte, acariciarte, absorber los fluidos de tu sexo. Fantaseo con eso. Entregarme a la libido como si fuera la única, la última oportunidad. Quiero que me toques también, que te sientas libre y que poseas, que no solo te dejes poseer. Pienso en cómo será acariciar tu cabellera, tu pubis, todas las formas ovaladas de tu cuerpo. Escucharte, quiero escucharte mientras lo estamos haciendo. Hacer todo para que sientas el máximo placer, para que tu piel, tu cavidad y tu mente se sientan rebosantes de excitación. Te beso, te toco, te muerdo suavemente, te susurro. Creo que puedo estimularte de distintas maneras, esa tarea me llena de gozo, es la consecución de nuestra unión. Hagámoslo posible. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

Madre

Ayer ha sido el cumpleaños de mi madre. No sé cuántos aniversarios más nos quedarán juntos. Esa incertidumbre puede ser saludable o nociva. Saludable porque si supiera cuántas celebraciones nos quedan, cada una de estas sería muy especial y cada 23 de agosto no se filtraría en la rutina. Nociva porque creer que aún restan muchos cumpleaños más nos hace confiar en que tendremos oportunidad de hacer más especial la próxima celebración.

Desde hace algunos años –cinco años o quizás ya 10- mi madre sufre de fuertes dolores de columna. Es una lumbalgia congénita que hace que no pueda dormir bien. Los fines de semana suele tomar algunas pastillas para poder descansar. A insistencia de mi hermana hace dos años se hizo un chequeo exhaustivo en una clínica y uno -de los varios- médicos que la vio le dijo que no podrían operarla. De hacerlo el riesgo de quedar paralítica era alto. Así que empezó a seguir unas terapias, a través de masajes fundamentalmente, y a comer menos. La columna se resiente a mayor peso. Sospecho que mi madre resiste el dolor con estoicismo porque cree como yo que pronunciar las palabras “me siento mal” es estar doblemente enfermo. Nunca, que yo recuerde, ha faltado a su trabajo por un dolor o malestar insignificante. Su historia la contrastaba con la de una vecina que se quedaba en cama por un simple resfriado. Ergo esta señora se quedó sin empleo pronto y mi madre sigue trabajando a los 65 años.

No es que piense seguido en la muerte, en su muerte, sino que reflexiono sobre el valor que tiene cada persona, en especial ella en mi vida. Recuerdo que confiaba en mí cuando mi padre me decía que siga una carrera técnica cuando ya llevaba tres intentos y no lograba ingresar a Medicina. A veces creo que eligió ser más madre que mujer y me tocó esa suerte. Creo que a ella le gana la responsabilidad. Su cariño más que en palabras la hemos recibido con gestos. Cada mañana, desde la ventana de mi lado de la casa, la veo en la cocina con su caballera negra y ensortijada que domina su cabeza. Me preguntaba la otra vez hasta cuándo seguiré viéndola. Cuánta falta me hará cuando no esté. Por otra parte, pensaba que es mejor prepararse cuando nos deje. O quizás hay que dejar de darle más vuelta al asunto porque es dañino.

Si me preguntaran qué cualidad destaco en ella, elegiría la fortaleza. En otro contexto mereció un destino mejor. En un hogar pobre, con otros cinco hermanos y un padre fallecido bastante joven, las oportunidades le fueron escasas. Con su firmeza al expresarse y seguridad ella pudo bien haber sido una abogada o hasta una jueza. Tiene una sensibilidad social que no deja de sorprenderme. En los desayunos o almuerzos familiares nos ha contado de casos de personas a las que ayuda con una naturalidad tal que parece que la generosidad fuese algo común. O cuando fue una de las promotoras para hacer una junta y armar una generosa canasta navideña por Navidad. Por eso es que en sus distintos trabajos la aprecian mucho y en su actual empleo la celebran o le dicen que la han extrañado cuando regresa de vacaciones.

Ayer nos visitó una amiga de mi madre, a quien de cariño digo tía, pues la conozco desde que era niño. Nos hablaba y contaba algunos recuerdos. Cómo mi madre elegía ir pronto a casa antes de ir a un concierto o cómo sigilosamente se escapaba de las reuniones festivas del trabajo –parrilla y alcohol incluidos- mientras mi tía se quedaba. En ese entonces yo no me daba cuenta, fui tomando conciencia mucho después. Es muy ordenada y rigurosa con las finanzas, algo que no le he heredado. Podría decir más sobre ella. Este es apenas un esbozo, un recuento mezquino en un momento de evasión laboral.