jueves 29 de enero de 2009

Día –14: las botellas y los hombres

Había recordado el domingo a mi bisabuelo Tomás y la relación tormentosa con mi abuelo por culpa de su afición al alcohol. Hoy mientras hacía mi trabajo escuchaba sin querer en Radio Programas ‘Era tabú’ y el tema era el alcoholismo. De inmediato vino a mi mente otra vez la visión borrosa del bisabuelo a quien no conozco ni en foto, así como su historia sobre su furibundo carácter.

El domingo mi papá me mandó un mensaje y me dijo que pasaría a esperarme a la salida de la chamba. Ya dentro del carro y en el camino (estábamos por el jirón Ica) me armé de valor – ese tema ha quedado prácticamente vedado para nosotros - y le pregunté qué recordaba de su abuelo Tomás. Me quedé mirándole al rostro y vi cómo se dibujó en sus labios y ojos cierta incomodidad. “Nada, nada. No me acuerdo nada”, me dijo. “¿Y lo que contaba mi abuelo de él?”, repliqué. Entonces me contó lo que de niño una vez me dijo, de cómo reaccionaba con tanta ira cuando bebía y le daba una tanda al abuelo cuando apenas era un mozalbete. Me precisó algunas cosas más sobre él. Lo alto y corpulento que era (no sé por qué, pero me prefiguré al ‘Gigante de Martín Chambi’) y que en su casa tenía un taller de herrería.

Estos recuerdos vienen a cuento porque empecé a mirar hacia atrás y me veía de niño odiando al trago por los efectos que causaba en los adultos. Recordé aquella noche cuando vi a mi papá llegando tambaleándose a la casa luego de haber pintado las paredes internas de nuestro edificio tras una borrachera tremenda con unos vecinos. Me acordé de aquella tarde en el club Huayllabamba cuando le jalaba el brazo a mi papá porque ya me quería ir a la casa y él me decía “ya, ya nos vamos. Anda yendo al carro”. Luego – me acuerdo como si fuera ayer – que ya en el auto mi papá me pedía que le converse para que no se quede dormido. Yo no entendía nada y no comprendía aún qué de divertido le veían el enjuagar sus gargantas con el líquido espumoso (como el orine) que provenía de una botella marrón. El trauma tremendo vino cuando en la última avenida para llegar a mi casa mi papá me dijo que tome el volante. Desde el asiento del copiloto cogí el timón y veía cómo era más emocionante que el carrimoto o atari. Estaba aturdido porque de pronto vino un auto hacia nosotros y mi papá tomó el volante y viraba a la derecha.

De niño asociaba el alcohol a consecuencias nefastas no a festivas. Cuando vivía en Magdalena recuerdo que había escuchado cómo un día mi tío Leo se golpeó fuertemente la cabeza al rodar por las escaleras al llegar a su casa con copas encima. No preciso si yo llegué a ir al hospital – quizás no, pues a penas tenía cinco años -, pero recuerdo que mi mamá decía con pena cómo mi tío no la había reconocido. Mi tío tenía una fama de borrachín empedernido y al llegar casi al ocaso de su existencia ha dejado de lado la bebida. Recuerdo cómo su frente amplia brillaba más – o eso al menos parecía para mí – cuando mi papá le enseñaba una botella transparente del anisado Nájar recién traído de Arequipa.

Hace apenas dos años, mi mamá me llamó al celular y me contó con mucha preocupación que mi tío Leo había sufrido una fuerte caída cuando estaba en un viaje de cobranza en Huaral. Esta vez cayó sobre el asfalto, pero no fue por una borrachera, sino por un error. Cuando se dirigía hacia una bodega a realizar la gestión se realizaba una protesta y dicen que alguien empezó a gritar “¡ahí está¡. ¡Ahí está!”. Lo habían confundido con un regidor y empezaron a correr hacia él. Para su suerte venían unos policías para evitar la agresión, pero el tío en su nerviosismo corrió y se tropezó. Se había rasguñado los pantalones y ensuciado la camisa. Lo curioso, y a la vez triste, fue que al llegar a Huacho la familia pensaba que su aspecto tenía que ver con una nueva borrachera.

Recuerdo también la muerte de mi tío Serapio –esposo de una prima de mi abuelo -, quien se había desaparecido por dos días y su familia pensaba que se había perdido en una bomba tremenda. Al tercer o cuarto día, su esposa empezó a preocuparse, llamaba a los familiares más cercanos y amistades. Nada, ni rastros del tío. Una semana después, la Policía reportó que habían hallado un cadáver por una calle de un barrio de Arequipa. Era el cuerpo del tío que había fallecido producto de un disparo. Mi papá me contó que en medio de su borrachera, Serapio se había metido en un barrio movido y en una pelea entre pandilleros tuvo la mala fortuna de pasar por allí. Recuerdo cómo mi primo Felipe se puso triste y que incluso había mandado una carta dirigida a mi mamá en donde decía lo destrozado que se sentía por la forma en que había muerto su padre.

La primera vez que tomé un sorbo de cerveza tenía ocho años y estaba en Arequipa celebrando mi cumpleaños. Con mis primos, mayores por apenas un par de años, nos robamos una botella de la caja que tenían los adultos y nos la pasamos de mano en mano, como se dice tomamos de ‘ a pico’. No le encontré nada agradable a la bebida por ser amarga y con esa espuma que ocupaba más espacio del esperado en el vaso. Una de las tías nos sorprendió en el patio, pero ya había llegado tarde, porque entre Junior, Renzo y otros dos primos más nos habíamos soplado la chela.

Luego empecé a beber el vino y champán, al que solo relacionaba con la Navidad y el Año Nuevo. No asociaba el trago con la diversión e incluso maldecía lo aletargado que me volvía el vino. Más adelante en mis cumpleaños brindaba con pisco sour, algarrobina, y en las fiestas familiares en rondas con primos y tíos sentía que me adhería al círculo de los caballeros del trago. Nunca llegué a embriagarme, pues cuando apenas sentía que la bebida turbaba mis sentidos, me iba a dormir. Si era en mi casa a mi cama o en otras, me escabullía al cuarto que tenía la puerta abierta.

La primera borrachera propiamente dicha la tuve relativamente tarde, cuando en el 2005 en la fiesta del diario me sentía molesto porque había terminado una relación que tuve con una colombiana, a quien creía iba a conocer pronto. Ese día fui y bebí – sin exagerar – todo lo que me ofrecían. Cerveza, vino, whisky, alojaba en la garganta el líquido y pensaba que el desamor era más amargo que todos estos tragos juntos. Luego, solo recuerdo imágenes, casi visiones (como si se tratara de un sueño) y me veo cayendo sobre mi cama sin saber cómo había llegado allí.

Al día siguiente me encontré con un espectáculo que primero me dio asco, pero luego risa. Observé mi almohada con unas manchas de vómito y el olor penetrante de esa masa informe. Al levantarme, me acordé de que era la fiesta y que tenía que ir al banco a cobrar con mi recibo por honorarios. Fui a buscar mi mochila y tras hurgar por toda mi habitación y luego en la sala, entendí que la había perdido. “Puta mare, los recibos”, fue lo primero que lamenté. Luego me acordé que con estos se habían ido mi wallkman, mi polo de aniversario y unos papeluchos sin importancia. Me sentí como un estúpido y empecé a caminar y caminar por mi habitación tratando de buscar una solución. Se me ocurrió llamar al restaurante donde había sido la fiesta y me dijeron que me habían visto salir de allí con mi mochila. Incluso, la persona que me respondió me dijo que yo me estaba yendo sin ella y que uno de los mozos me la alcanzó. “Mmmm…entonces fue en el taxi”, volví a hacer memoria. Luego llamé a la secretaria del diario y con un tono de voz de adulto que consuela a un niño que rompió su carrito, me dijo que la solución sería que me dé una de las copias de los recibos y así podría cobrar. Más tarde, recuerdo que fui al chifa con Marlon y le conté que a pesar de esa pérdida y de la borrachera me sentía algo aliviado de que por fin me aconteciera algo que pudiera contar.

No soy un aficionado a la bebida y pese a que tengo antecedentes, sé beber y he ido acostumbrando a mi cuerpo a libar lo esencial. Mi hermana, que va a camino de ser psicóloga, me dice siempre que el alcohol es un ‘depresor’, pero lo curioso es que a mí el trago no me deprime, me libera. Aflora un lado más festivo, más suelto: mi Mr. Hyde, como una vez le dije a mi ex jefe cuando al llegar al diario vociferaba, como vendedor de mandarinas huando, lo ebrio que había estado y que incluso me había atrevido a sacar a bailar a nuestra temible jefa. “No fui yo, Diego. Fue mi Mr. Hyde”, le decía.

Recuerdo un cumpleaños de mi papá en la sala de mi casa. Su onomástico había caído lunes y apenas había ido a la casa mi tío Epi y mi tío Miguel. Mi viejo se sentía algo abatido, porque él siempre relaciona su cumpleaños a fiesta, pero el día no era el más propicio: lunes, inicio de semana. Solo estábamos los dos y quedaba una botella de vino. Le dije para darle curso al trago y me dijo que ya. Empezamos a tomar y a conversar. Tenía ya veintantos años y nunca había tenido una relación de confianza con él. Pero en el calor de la bebida le empezaba a contar mis inseguridades sobre la carrera y la bronca que me daba no conseguir trabajo. Me decía que tenga paciencia que siga siendo aplicado y decidido como en el colegio y que eso ya llegaría. Por ahí surgió una segunda botella de vino y para eso la cercanía fue mayor. Le dije algo como “nunca pensaba tomar alguna vez contigo” y me miró con un mohín parecido a la ternura y me dijo que él había pensado que llegaría algún día ese momento. Aquella noche de febrero sentí que estaba un paso más en ser adulto y que el trago no solo servía para destruir o aniquilar a una persona, sino que bien dosificado podría lograr escenas como esta.

miércoles 28 de enero de 2009

Día -15: What are you doing?

Día más cansado que el de ayer. Me desperté a las 7 y 30, desayuné y me fui al gimnasio. Hoy me tocó ejercitar los brazos, pecho y espalda. Incrementaba el peso en cada serie. Hice adbominales, veía a un grupo de tías coqueteando con el instructor de pilates. Miraba a un venerable señor parecido a Ernesto Sábato caminando por la faja corredora. Tomaba mi energizante. Me fui a bañar.

Al salir sentí un calor bravo, lamenté que mis lentes de sol se hayan roto. Crucé el puente y tomé la combi. El cobrador me preguntó “Adónde vas, chino”. Chino. Qué risa me da esa expresión ahora que la recuerdo. “Avanza, madre”, “Colabora, papá”; frases de combi. Me bajé. Tomé mi carro a china (otra expresión de micro) y llegué a mi casa.

Desocupé todos mis implementos deportivos. Colgué la toalla, escuchaba RPP y hablaban sobre los inconvenientes de tomar antibióticos por cualquier enfermedad. Me cambié y prendí la computadora. Me puse a leer la versión impresa de Perú21 y quería chequear la repercusión de ese tema de los nuevos ‘petroaudios’ (que en realidad no me interesan en lo absoluto, pero es mi chamba). En tanto, en el Youtube ponía la canción de Supertramp “The Logical song” y en otra pestaña leía la columna de Hildebrandt (hoy escribió sobre Freud y el sionismo que para él no pasaba). Tomaba agua, saqué la ensalada de la refrigeradora.

A la una almorcé y escuchaba RPP. Otra vez la vaina de los nuevos audios, la ley de ‘mordaza’, qué jodida nuestra realidad nacional. Me lavé, me cambié y me fui al periódico. En la cúster el calor no me predisponía para nada a la lectura. Escuchaba música, pensaba en la hora más conveniente para llamar a una amiga que no veo hace tiempo. Llegué al periódico y sentí más calor que en la calle. Antes de eso había ido a comprar a Metro, dos manzanas y un yogurt. Caballero, es la dieta.

En la tarde, la jornada del trabajo. Habré redactado unas diez notas. Cuatro de ellas políticas, una de fútbol y dos de internacionales. El resto de locales. Me ardían un poco los ojos. Tenía calor. Me llamó al teléfono mi mamá. Me dejé masajear por una señora que viene una vez a la semana a la redacción no a darnos una mano, sino las dos. En pleno masaje fue que llamó mi mamá. Me decía que si me gustó la invención de almuerzo que preparó. Era como el condimento de los tallarines rojos, pero con arroz y queso rallado encima. Al rato, y recién acabado los masajes, me llamó Marlon. Me sorprendió su llamada, pensé que era alguien de una agencia que nos para mandando notas de prensa. Conversé, le conté que en la noche iba a llamar a mi amiga e invitarla a salir. Nos despedimos.

Caía ya la noche y me dio hambre. Saqué una manzana, le di curso. Tomaba agua. Redactaba la nota del juicio a Fujimori. Escuchaba RPP, con un ojo en Canal N y los sentidos en la hoja de word. En la noche el partido de la ‘U’ y como a las nueve llamé a mi amiga. Al principio ni siquiera timbraba el celular, parecía que estaba bloqueado. Insistí y a la tercera empezó a timbrar. Admito que sentí algo de miedo, ¿Cómo presentarse después de más de un mes sin tener novedades? A la mierda, ya estaba timbrando el teléfono. “Soy Edgar de…¿te acuerdas…blablablá?”, fueron mis primeras palabras. “Claaaaarooo. Hola, Edgar”, fueron sus primeras palabras. Empezó el diálogo, un breve recuento de lo que estábamos haciendo. Y por último llegó la propuesta para salir. Para esto, ya me había contado que esta semana estaba quedándose hasta las nueve en su chamba por una exposición que tiene que preparar. Ya calculaba que este viernes no podía ser, pero aún así me lancé a la piscina: qué-te-parece-si-salimos-esta-semana-a-conversar-. Y me dijo que estaba “full” (esa fue la palabra), pero que quedemos para la próxima semana. Un rollo más y despedida.

Volví a entrar a la sala de redacción y me di con la sorpresa que por un apagón se había suspendido el partido de la U. Ya quería irme, y me puse a redactar otra noticia más ("Declaran desierto el concurso de concesión del Tren Eléctrico"). Coloqué la encuesta en la web y luego de subir el video del resumen de la presentación de los jugadores cremas, me puse a jugar, perdón a escribir. Quedan como veinte minutos para irme. Creo que ya es mucho vicio, hay que ganarse los frejoles.

martes 27 de enero de 2009

Día -16: los 'faenones' de cada día

A veces siento que voy tan preocupado en avanzar y avanzar que voy dejando de lado el rumbo, algo así como un caballo desbocado. Un día complicado, como el de hoy, siempre me lleva a esta reflexión. Un día en que te dices “qué bueno es tener una chamba”, pero no te sientes tan seguro de ser parte de todo el engranaje. Solo el consuelo tonto llega cuando te comparas con el pobre agente de seguridad que se ‘come’ sus doce horas de jornada y vive con tan poco. Y te sientes idiota a más no poder cuando, además, lo ves siempre sonreír.

Si nacer fue nuestro primer gran ‘faenón’, ser feliz o intentar serlo es el ‘faenón’ más complicado de todos. Quizás en esa búsqueda inútil andamos y nos extraviamos en el camino. Pero el ‘faenón’ más posible, no tan lejano, es el sentirnos conforme con lo que hacemos. Si conseguir trabajo fue un gran ‘faenón’, sentirse cómodo en él y avanzar profesionalmente debe ser otro. Yo he llegado a sentir hoy un tedio y aburrimiento en mi trabajo.

Si hiciera un recuento de los ‘faenones’ más grandes que hecho en estos casi treinta años de vida, diría que no son muchos. El que más peso puede tener quizás sea el haber concluido una carrera y ejercerla. Pero el verdadero ‘faenón’, el que más enorgullece de todos es el de haber encontrado en el arte ese placer que ni el día más furibundo de trabajo me ha dado.

Un ‘faenón’ de la niñez fue el haber obtenido primeros puestos en el colegio (aunque para fines prácticos no sirven de mucho), otro significativo fue el haber aprendido a leer y a escribir. Y otro que recuerdo siempre cuando intento escribir algo pensando ilusamente en ganar un concurso fue el primer lugar que obtuve en un certamen escolar de biología en el cuarto año de secundaria. En la adolescencia la búsqueda de ‘faenones’ son otros, y el más complicado de todos es el de la identidad. Yo recuerdo que en los días de mayor confusión - a los dieciséis a dieciocho años - me decía “Quién chucha soy, quién chucha soy”.

Tengo que admitir que esa pregunta a veces vuelve, sobre todo hoy cuando me veo en el espejo y noto que mis facciones son menos finas que a los dieciséis, que mis manos aunque flacas se van volviendo menos tersas. Siempre me han parecido curiosos esos días en que logro desdoblarme y verme a mí mismo como un extraño. Siento el cuerpo, pero la mente no. Una disgregación como esa la siento mientras escribo, por ejemplo. Hace unos minutos sentía tanto cansancio que quería irme de frente a mi casa a dormir y dejar este día en blanco. Ahora escribo y solo momentáneamente siento un alivio tremendo. Mañana será otro día (felizmente) y seguro otras preocupaciones vendrán. Así sea.

lunes 26 de enero de 2009

Día -17: las reglas de vivir solo

Me conozco y no me imagino viviendo con mis patas en un mismo departamento, a pesar de las ventajas que esto podría tener. Creo que las consecuencias de esta convivencia podrían echar a perder una buena amistad. Como si de un guiño curioso del destino se tratara, hoy en la sección SIC de El Bromercio tocaron ese tema. Salvando las distancias, mi realidad no es tan facilonga como de los casos que allí se exponen (“alucinaaaaa”).

Decía que no me imagino compartiendo un mismo espacio con mis amigos, pero sospecho que con el compañero L6 las cosas podrían ser bastante tolerables (no nos sacaríamos los ojos). Pero he aquí el cuestionamiento principal: yo me voy a quitar de mi casa porque quiero vivir solo, pues de no ser así me quedaría allí, pues no tengo mayores problemas de vivir con mis padres y mi hermana. El único lugar donde me perdono ser desordenado es en mi habitación y con Cata nos turnamos en limpiar el baño y la ducha. No me hago problemas en lavar mi ropa (siempre y cuando sea con música) e intuyo que puedo aprender a cocinar a mediano plazo.

Pero, repito, no tendría sentido vivir con mis patas, cuando en realidad el chiste de todo esto es aprender a vivir solo. De cagarla solo, de aprender a estar al frente de un pequeño espacio en el que su orden y desorden sea absolutamente responsabilidad mía. Otra razón por la que me quiero ir a vivir solo es porque a estas alturas del partido me paltea llegar a mi jato apestando a alcohol y tirándome a dormir y ser despertado para almorzar (esa es otra razón por la que desde hace unos años mis borracheras solo son de viernes a sábado). Viviendo solo alcanzaría la privacidad en su total dimensión.

El dinero es un gran punto a tomar en cuenta, sino el principal. Recuerdo que hace un año visité el minidepartamento de un compañero del periódico y me gustó ese pequeño espacio, que contaba con todos los ambientes de una casa. Admito que no me seduce mucho la idea de irme a vivir a un espacio que solo sea apenas más grande que mi dormitorio, pues tengo una manía: a veces se me da por caminar y caminar por el departamento. En un cuarto me costaría un poco, aunque claro está, podría salir a dar una vuelta por ahí. No sé hasta qué punto el dinero me permitirá pagar capricho y buscar un minidepartamento. Un cuarto pequeño no me haría tan feliz, pero asumiría el reto.

Dentro de la privacidad, el punto no negociable es el baño. Cada vez que visito a mi pata Edwin y veo el baño común que tiene en esa casa tengo mucho más presente este punto. En mi casa solo somos cuatro personas, pero la hora punta del baño es de 6 y 20 a 7 y 10 de la mañana. Y esto que yo ahora no madrugo tanto porque no voy a la universidad.

Una vez este compañero de la chamba - el del minidepartamento - me dijo que al mes en promedio gastaba mil soles entre pagar la casa, comida y pasajes. La cifra no suena tan complicada hoy, pero este tema del billete preveo que lo tendré más presente que nunca. Es más, seguro que cada centavo lo voy a medir mucho más. Pero, no sé, quizás más adelante o cambie de chamba, gane más dinero o tenga una pituca que me quiera mucho.

Mi primo Carlos me dijo que cuando se fue a vivir solo se fue con su ropa y no tenía cama. La dueña del cuarto donde vivía le dijo que le iba a prestar por un mes un catre, con lo cual tuvo resuelto momentáneamente ese problema. Otra cosa que me contó fue que se iba a dando cuenta de lo que le faltaba cuando se disponía a hacer las cosas que hacía en su casa. Pero hay un objeto que por tonto que parezca decirlo es el más valioso - me dijo-: una plancha. Poco a poco fue comprando los demás utensilios: desde escoba, recogedor y tatatatá…la cama.

Bueno, ya veremos cómo me irá a mí. Si antes consideraba muchos los contra de irme a vivir solo y por eso no me animaba, ahora quiero concentrarme en los pro. ¿Qué sería lo más adverso que podría pasarme en esta aventura? El volver a mi casa palteado porque no pude afrontar los gastos. Como quiero despejar esta duda, es preferible hacer a no hacer.

domingo 25 de enero de 2009

Día -18: el bisabuelo y el abuelo

Me despertaron para el desayuno a las 9 y cuarentaitantos de la mañana. Aún tenía sueño porque me acosté cerca de las dos a eme y un día antes casi ni había dormido. Me lavé la cara, tomé desayuno: huevo a la plancha, café y dos panes francés. Estaba con mi mamá y mi papá en la cocina. Mi hermana viajó a Huacho para que mi tía le haga ropa a la medida de sus gustos.

Sequé los servicios, me aseé los dientes y me puse a leer los titulares. El Comercio y Trome. Una ojeada a la columna de Mario, una leída a la columna de la Seño María, al Búho y atrapado por las entrevistas que hace el figuretti del diario papá. El Comercio no es el mismo, es tan insustancial y ese El Dominical parece un suplemento mutante, de cultural le queda muy poco.

Me puse a ordenar mi cuarto. Tarea titánica. Rompí cerca de tres kilos de puros papeles del año pasado. Se trataba de trabajos de alumnos de sexto ciclo, exámenes nunca recogidos, pruebas de ortografía, listas de grupos de octavo y mis registros de notas. Romper esos papeles fue terapéutico, era como cerrar un ciclo, “eso ya fue”.

Qué calor que hacía. Tomé agua, botaba los papeles, limpiaba el estante de los libros. Ese es el único polvo que siempre veo en mi cuarto. Jaaa, el único polvo. Salí a ver la hora del reloj de la sala y me acordé que estaba detenido. Le cambié la pila y al ver esas manecillas me acordé de la película ‘Benjamin Button’ y también del reloj de la casa de Marlon detenido. Me percaté de esa coincidencia y quise registrarlo en el post de abajo antes que me olvide. Veía a Colita echado en la sala, refrescándose en el frío piso y durmiendo con una pasividad budista. Qué tal vida de perro.

Duchazo. Almuerzo, despedida y camino hacia el paradero a tomar la custer hacia el periódico. Parada en Metro. Yogurt, dos botellas de agua, cambié un sol veinte en monedas de cinco y un céntimo que tenía acumuladas en mi cuarto. De vuelta mucho calor. Subida al ascensor, ingreso a la sala de redacción. Saludos, compañeros de trabajo. La gente sentada escribiendo. Saqué la laptop desde la que escribo esto y punto de inicio a la jornada. Noticias, revisión de noticias, coordinando con mi compañera. De nuevo mucho calor. Media tarde.

Mirar con un ojo el partido de Perú-Venezuela, y teniendo otro deja vû con nuestra selección. Es el mismo partido. Derrota. Vergüenza, lo de siempre. Sueño, mucho sueño. Hambre, como yogurt con tostadas. Veo a la gente de la redacción y pienso en la mudanza. Mi trabajo no me define.

Mientras limpiaba mis libros en la mañana me acordaba de mi bisabuelo paterno. Se llamaba Tomás, pero le decían Tomaco y aunque no me enorgullece decirlo, era un alcohólico. Era un cusqueño de Huayllabamba que ejercía la ingeniería empírica, pues nunca la estudió. Mi bisabuelo construyó un puente de piedra que actualmente está en Huayllabamba. Cuando pienso en mi abuelo y este bisabuelo me pregunto hasta qué punto yo soy parte de ellos. Hasta qué punto nos parecemos. ¿La historia de las familias es cíclica? ¿Arrastramos sus traumas, sus miserias?

Mi bisabuelo tenía un carácter terrible, golpeaba a mi abuelo cuando llegaba ebrio a su casa, aunque decían que era muy trabajador. De niño mi papá me contó muy superficialmente la historia de él, lo del puente y lo del cambio de apellido de mi abuelo. Si mi bisabuelo no hubiera sido alcohólico y no hubiera maltratado tanto a mi abuelo, este no hubiera escapado de su casa y no se hubiera invertido el orden de sus apellidos. Yo sería Pumayali Junco y el apellido Cabrera sería simplemente el apellido materno de mi abuelo.

Cada vez que mi papá se ponía como un energúmeno me acordaba del bisabuelo Tomaco. A veces creo que yo también llevo un Tomaco dentro. Hace unos años me asustaba pensar eso. Cuando reaccionaba colérico, echando fuego por la boca, pensaba en esas historias para mí hoy borrosas, casi mitificadas como muchas historias familiares.

En esas que limpiaba mis libros me dieron ganas de conversar con mi abuelo sobre el tema. Me gustaría intentar entender esa historia, me gustaría visitar ese puente de piedra en Huayllabamba y tomarme una foto en él. Mi abuelo tiene 94 años, vive en Arequipa, y no le queda mucho tiempo. Ya no escucha bien, aún cree que mi hermana y yo somos niños y hace tres años que no lo veo. Siempre recuerdo el día que me llevó a su peluquería de Tiabaya y me cortó el pelo. Cada vez que camino presuroso me pongo a pensar que ese andar lo he heredado del abuelo. En esta noche cómo me gustaría conversar con él.

Día -19: el aprendizaje

Hoy ha sido una jornada larga. Técnicamente he dormido apenas dos horas y siento que ha sido un sábado intenso y tanto así que aún me quedan las fuerzas y ganas suficientes para hacer un recuento de lo que hice.

Después de salir con mi amiga el viernes y pasar un par de horas entretenidas, me uní a mis incondicionales amigos que estaban en el centro de Lima y la pasé tan bien como en los viejos tiempos. Antes tengo que decir que la velada con la susodicha amiga me dejó contento porque: 1) la vi muy guapa con esa vestimenta formal impuesta por su trabajo y porque confirmé lo de su madurez. 2) la conversación fue tan natural y fluida que la única vez que miré la hora fue cuando ella se paró para ir al baño y 3) porque encontré en ella tanta sinceridad que me doy por bien servido con ser su amigo. Lo demás es cuestión de las circunstancias.

A las diez en la pollería. Comí poco por lo de la dieta de marras y de ahí zarpamos hasta “El Directorio”. Cervezas, música, conversación amena y risas. Envidiaba a mi amigo porque siempre está acompañado e intuía lo que iba a hacer más tarde. Entre bromas y mi idea de irnos a Trujillo recordaba lo bien que lo pasé horas antes con mi amiga en Miraflores. Tomaba cerveza, reía, conversaba, orinaba, la música era buena. Llegó una amiga de la universidad con una amiga y al rato salimos. (Elipsis: pasaron cosas que merecen ser contadas en otro momento).

Como a las cinco estuve en la casa de Marlon y su pata J. Mirábamos una lejana serie que nos hacía recordar aquella adolescencia inquieta. Jateamos hasta las siete y algo más. Un rico desayuno con chicharrón y café. Me sentía cansado y pensaba en lo que habíamos hecho después de salir del pub, es más J. se encargaba de hacérmelo recordar. Marlon impulsaba las bromas y yo decía que por toda esta jornada entretenida valía la pena mandar un día al diablo al gimnasio.

Cebiche, sueño, conversación y ganas de ir a la playa. Quizás capricho, no lo sé. La Punta o al sur, daba igual. Les conté que me enteré de una manera casual e inesperada que una ex enamorada ya es mamá. La broma vino porque ella le había puesto a la bebé el mismo nombre que su madre, que a su vez coincide con el de la mía. Me vacilaban con mi supuesta paternidad y yo me reía, pero a la vez admitía que la noticia me sorprendía mucho.

Tarde de nostalgia. Con Marlon fuimos a mi casa y sin querer hicimos un apurado recuento de la música de los noventa. Mi pedido fue ‘The Summer is magic’ y así fuimos recordando intérpretes, grupos y cómo de alguna manera nos sentíamos tocados por esas canciones que hoy solo son recuerdos. Almorzábamos y sin darnos cuenta ya lo de la playa había que postergarlo. Fue una tarde buena. Decisiones: salimos a San Miguel a tomar algo y conversar.

Nos encontramos con Christian y pareja. Tomamos lonche y de allí lancé al aire lo que tenía dándome vueltas por la cabeza todo este tiempo. A lo Hamlet les dije: Mudarme o no mudarme, he allí el dilema. “Sí, múdate”, y así confirmé la decisión de hacerlo sin ponerme a considerar tantos peros que siempre han hecho que postergue cosas y las vaya dejando en el olvido. Para el “Día -7” ya debería tener elegido el lugar y para el “Día 0” o “Día 1, máximo al “Día 5” ya estar instalado. Me quedé tranquilo y me convencí de que mi familia lejos de sentirse mal o apenada debería sentirse reconfortada de que ahora en la distancia los voy a valorar mucho más. Además, esto es una experiencia que tendrá más de positivo que negativo y, por último, ya es hora de valerme por mí mismo aunque temores haya. Al diablo con eso.

En la noche vino lo que redondeó la faena. La película “Sí, señor” me hizo ver lo que justo en estos días venía pensando: en cuántas cosas no hacía por considerar en demasía los riesgos. En todas las tardes y noches en la casa encerrado y autoenclaustrado para no complicarme la vida. Me agarré la flor y dije ¡qué parecido soy al Carl Allen inicial! Salir de casa, ir a Trujillo o adónde sea y hacer cosas que he postergado por “complicadas” pueden ayudarme a no putear a la vida y no sentirme un mártir de nada. Una simple comedia me hizo entender que el ser ermitaño puede ser más dañino que el aventurero (que no temerario). Salí contento de la sala con L6 y fuimos a buscar a Edwin.

Conversa, resumen de nuestras preocupaciones en breve y salida de allí. Yo tengo que admitir que estas líneas las escribo con un alivio que no se compara al deseo morboso de autoflagelarse. Todos tenemos una esencia y aunque no podremos ser la antítesis de lo que somos, sí podremos explorar otros matices de nuestro yo. He hecho tantas cosas en este día que ya murió que creo que puedo irme a dormir tranquilo.

(Actualización. Domingo 12:01 p.m.: Me acabo de acordar que por una extraña coincidencia, los relojes de pared de la casa Marlon y de la mía ayer estuvieron paralizados. Si mal no recuerdo, el de él marcaba las 8 y algo más, y el mío, las 12:50. Curiosa metáfora. Cuando una jornada es larga, tan intensa, el tiempo parece no avanzar y se hace largo. Acabo de ponerle una pila nueva y me fue inevitable reparar en esta extraña coincidencia.)

viernes 23 de enero de 2009

Día -20

Me desperté a las 6:30 a.m., desayuné y me fui al gimnasio. En el gimnasio hice pilates, luego tae bo (una mezcla de boxeo y karate), luego le dije al instructor que no iba a hacer piernas porque desde el miércoles estoy con los músculos adoloridos. La poca costumbre de hacer ejercicios. Me fui a bañar.

Cuando venía para mi casa me detuve en el mercado a comprar las películas que me había propuesto ver: The Host y Wall-e (quería saber por qué le van a dar el Oscar, Kung Fu Panda no es rival nica...). En esas me detuve a comerme un cebiche de 8 lucas, esta vez me llegó eso de la dieta y otras autorreprensiones. Me dirigía hacia la casa.

Desocupé mis cosas deportivas, lavé la ropa del gimnasio, tomé agua. Todo eso mientras escuchaba la música marcianaza que me pasó Christian. A propósito de eso me acordé de mis patas y le mandé un mensaje a él y a Marlon, la propuesta era salir, quizás a Barranco. Sonó el teléfono. Contesté y le dije que no a todo lo que me ofreció el pobre vendedor de Speedy. Enjuagué la ropa y la colgué.

Me puse a ver "El club de la pelea", una película que me dejó dos ideas en la cabeza: primera, yo no soy mi trabajo (es decir, no me define como persona) y segunda, no todas las cosas que nos meten en la cabezota que compremos realmente nos son necesarias. Sabia película. Una buena película para mí es el equivalente a dos buenos libros leídos, pero aún no logra superar la contundencia que puede tener un cuento.

Almorcé. Eran como las 3 y 40. No puedo borrar el mal recuerdo que le tengo al olluquito con charqui. No comí todo, boté un poco y no comí toda la ensalada. Escuchaba a los Chistosos, pensaba en que saldría como a las cinco y media de la casa para mi cita con una amiga. Lavé los platos, lustré mis zapatos, planché mi polo celeste con cuello y me aseé los dientes.

Me acordé de lo que escribí ayer y me puse a ver el calendario y conté los días en cuenta regresiva para mi cumpleaños. Treinta años, carajo. Encendí la computadora y me puse a escribir esto sin parar, sin parar y reparar en algún error sintáctico o de concordancia. Me tengo que ir, se me hace tarde. Son las 17:15 horas y no veo con claridad qué se viene más tarde. No tengo una real idea y eso me gusta.

jueves 22 de enero de 2009

El yo que quiero matar

Muerte al yo aburrido, al que mira la hora y programa todo. Muerte al yo enfermizamente responsable que se perdió un montón de fiestas, salidas, hueveos sin fin, por querer llegar con todos los sentidos bien puestos al trabajo (y para nada).

La hoguera para ese yo que se quedó con las ganas de dirigirse a cuanta mujer se le asomó y por planear la 'estrategia' perfecta nunca actuó. La silla eléctrica para ese sujeto que sigue pensando en la mujer perfecta, el trabajo perfecto y la vida perfecta. La cámara de gas para ese yo que se odia a sí mismo y no piensa en que así se va a morir sin que nadie se dé cuenta que existió.

Muerte para ese cobarde que no se atreve a emprender caminos inseguros como la literatura, el viajar porque sí, por temor a quedarse en la miseria. La pena capital para ese tío que le echa la culpa de sus insatisfacciones a esta ciudad de "mierda", al país de "mierda" (con su respectiva gente de "mierda").

Muerte a ese compadre que se acompleja por ser misio, por creerse feo y porque cree que la plata lo hará irresistible. Muerte a ese yo que se aburre de todo, que reacciona con el hígado y quiere mandar todo al wáter. Un pelotón de fusilamiento para ese patín que no sabe adónde va, que cree que el destino es un velero que el viento empuja a su antojo. Un ‘finish him’ para ese yo que a veces cree que su familia es un obstáculo más que un conjunto de personas que quieren con sinceridad.

Si existiera el suicidio espiritual acabando de escribir estas líneas procedería a matarme. Pero hacerlo de manera natural requiere mucho trabajo. Lo intentaré.