martes 17 de febrero de 2009
La tecla asustada
En el hermano mayor del grupo han despedido a algunos de los que más ganan y más tiempo tienen con la finalidad de promover al que le sigue y ahorrarse costos. ¿Cómo un medio que critica irregularidades, injusticias y malos manejos en diversos estamentos de la sociedad, cae en esto? Será la crisis, lo que quieran, pero no pueden tratarnos como si fuéramos un bulto con un rótulo en el que figura nuestro sueldo. Eso incomoda, preocupa, evidentemente genera desgano en los trabajadores y para decirlo de manera más cruda: jode. Ojo, ‘toc, toc’, somos seres humanos, y los tres que han despedido aquí tienen familia. Los habrán indemnizado, etc, etc, pero los han agarrado fríos. No sé si será vergüenza, pero ninguno se despidió de nosotros.
Me han dicho que en mi sección no van a ‘tocar’ a nadie, pero el cupo que quedaba vacante, por lo visto, ya se perdió. Ese es el tema de conversación últimamente acá. Nos enteramos de lo que ocurre al frente, de lo que pasa en nuestro otro ‘hermano’ y decimos, ‘puta mare, qué huevada’. Sí, que tremenda huevada.
Había hablado hace unas semanas con mi jefe y le comenté que había reconsiderado su propuesta de pasar a las mañanas para ser en la práctica subeditor, cargo nominal porque en dinero todo iba a seguir igual. Sin embargo, ahora involucrarme más en esta mierda no me seduce en lo absoluto. Hace unas semanas pensaba que sumergirme más en esto me iba a hacer querer más a mi trabajo, pero hacer eso ya no me interesa.
Cuando yo practicaba en el hermano mayor, conocí a un colega que hacía madrugada y ahora había cumplido 15 años. Me enteré ayer que lo han despedido y me costaba creerlo, pues siempre traía ‘pepas’ y se había afianzado tan bien como lechucero, que para mí era un referente, pues además de redactor es un buen fotógrafo. No lo sé… en el fondo, y esto lo pensaba ayer, me gustaría que me despidieran de esta mierda, aunque de seguro que lo lamentaría después. ¿Puedo darme el lujo de irme, de ‘autoinmolarme’? Lastimosamente, no. Pero lo único que quiero ahora, hoy, a las 21:43 horas del martes, es tener tiempo para dedicarme a las cosas que no dependen del antojo de los demás: leer, ver cine, escuchar música y escribir.
viernes 13 de febrero de 2009
Momen-ticos en Chiclayo
Balneario de Pimentel. El viejo muelle de pescadores y el atardecer en Pimentel, fue una de las mejores experiencias del viaje a Chiclayo. Cuando apenas llegué a Chiclayo sentí la extrañeza de estar en un lugar desconocido, pero hubo algo que se encargó de recordarme que estaba en una ciudad del Perú. Fue la gran cantidad de autos modelo Tico que hay acá. Sin exagerar, de cada diez vehículos motorizados que circulan por el centro de Chiclayo, ocho son Tico. En la hora punta, es decir a la una de la tarde y cerca de las siete de la noche, uno observa un montón de carrocitas amarillas desplazarse a toda velocidad. A penas un lunar son los autos station wagon y las camionetas, que o son de la Policía, pertenencen a alguna entidad pública o de uno que otro potentado.
Una vez que bajé del bus que me trajo aquí, luego de casi trece horas de viaje, lo primero que quería hacer era comer. Eran poco más de las nueve de la noche y no probaba alimento alguno desde el exiguo almuerzo del bus, que sirvieron a eso de las doce y treinta del día. Sin embargo, mi prioridad era bañarme, así que ni bien pisé tierra mi objetivo principal era llegar al hotel que desde Lima había elegido para hospedarme. La amabilidad de la gente se mide en cómo responden a las preguntas de uno y aquí, me he encontrado con personas amables e incluso - la prueba de fuego -, las muchachas también lo son, claro, con cierto recato. Así fue que con éxito y de inmediato llegué a la plaza de armas. Me congratulé de haber esquivado a todos los taxistas que me abordaron, pues la plaza estaba a penas a cinco cuadras del terminal de la agencia.
Luego de establecerme en el Hotel Central, que queda en la avenida San José, ingresé en mi habitación y me duché. Acto seguido, salí del hotel y me puse a buscar comida. Me provocó un chifa, pues Eric catapultó el antojo cuando llamó a saludarme por mi cumpleaños mientras viajaba y me contó que estaba en el mítico Chifa Río, que queda por nuestro barrio y es superior a muchos de los de la calle Capón. Cuando camiba por el centro de la ciudad, iba descartando a los chifas por dos motivos: por el nombre y por la cantidad de gente que allí había. Había uno llamado "Chifa Jackie Chan" que me hizo olvidar por un momento el apetito debido la risa que me dio al ver en la fachada el nombre y dentro del restaurante la foto del actor en una pose a lo Bruce Lee que no tenía nada que ver con la comida. Por la avenida Bolognesi encontré uno que por la fachada y por la cantidad de gente parecía - y al final resultó serlo - bueno. Se llama "Chifa China", es muy elegante y su fachada simula sin mucho éxito al de una pagoda. Cuando ingresé vi sentado al técnico del club Juan Aurich, así que dije Franco, Franco (Navarro) que este chifa debe ser bueno.
Sobre las diez y media de la noche di un pequeño paseo por la plaza y alrededores, pero me percaté de que las calles poco a poco iban despoblándose, es que era jueves y al día siguiente había que trabajar. Así que decidí irme al hotel a descansar y con el propósito de despertarme temprano para hacer el recorrido turístico de rigor. Admito que cuando llegué a mi cuarto sentí cierta extrañeza porque no asimilaba la idea de que estaba tan lejos y porque al ver un programa de televisión hecho en Lima me dieron ganas de volver, pues sentía que había venido a la deriva, y encima solo. Felizmente al día siguiente esta idea se desvaneció.
Me propuse despertarme a las siete, pero me quedé dormido y me levanté a las ocho y cuarto. Me duché, desayuné en el hotel y pregunté qué ruta debía seguir para ir al Museo del Señor de Sipán. Me orientaron sobre dónde debía tomar la combi hacia Lambayeque, donde está ubicado el museo, y me dijeron que tome el transporte pasando la plaza Elìas Aguirre. Si es cierto que muchas ciudades tienen su héroe, el de Chiclayo se llama Elías Aguirre, segundo Comandante del monitor Huáscar y que en su honor en esta ciudad además de la plazuela con su nombre, hay una avenida principal, un colegio militar y hasta un estadio de fútbol. Ni se diga más, Elías Aguirre es aquí todo un personaje.
Debo confesar que mi encuentro con la historia no fue muy extasiante. Visité el Museo Brunning, así como el Museo de las Tumbas del Señor de Sipán. El primero, es pequeño y consta de algunas piezas metálicas, así como algunos ceramios Moche y Lambayeque, pero en verdad no se compara al de Sipán. El segundo museo, sí merece con todo derecho llamarse como tal, pues la infraestructura - inspirada en una pirámide trunca de los Lambayeque - y las condiciones en que se encuentran son de lujo. En los dos recorridos me encontré con una pareja de argentinos - de unos cincuenta años quizás - que se asombraban y comentaban con la particular elocuencia rioplatense todo lo que veían: "eh, mirá, cómo pudieron hacer eso. Pero si es asombroso". Si hasta dieron por un momento ganas de sacar el pecho. Lo que sí vale los diez soles que cuesta la entrada al museo es la parte final, donde hay una reproducción en maniquíes del Señor de Sipán y toda su corte. Es que los muñecos se activan y uno de ellos simula soplar un pututo hecho de conchas marinas, otro golpea un tambor, uno mueve un cetro, un perro mueve la cola, todo eso bajo una música que simula ser la de un ritual de la época.
Chiclayo es una ciudad como varias de provincia, he encontrado algunos problema en el alcantarillado, pues algunas de sus calles sufrieron pequeños aniegos. Es una ciudad, donde la gente no grita en las calles, eso tan limeño: el malbaratamiento del pregonero. Acá hace calor, pero un calor soportable, quizás porque el día ha estado nublado y solo al mediodía hubo brillo solar, que a eso de las tres bajó. Solo he encontrado vendedores ambulantes en la zona del denominado Mercado Modelo, que en realidad no debería ser tan modélico, pues esa zona sí es desordena y el olor me recordó a la ciudad de la cual fugué unos días. Por lo demás, diría que Chiclayo es una ciudad acogedora, quizás hasta para vivir, aunque mi apreciación puede tener la ligereza del visitante de paso.
Tengo muchas cosas que quería contar, pero que se me han escapado por falta de tiempo, pues estoy en una cabina - que parece un sauna - y me restan doce minutos para acabar mi plazo extendido de hora y media. Quería poner una fotografía del muelle de Pimentel que tomé, pero esta computadora no tiene el puerto para colocar el USB. A propósito de Pimentel, ver el mar, me hizo confirmar que con el océano tengo una relación especial. Estar en ese balneario ha sido la mejor experiencia de esta corta visita a Chiclayo. Estuve allí a eso de las cuatro y media de la tarde y no pude resistir la tentación de siquiera mojarme los pies en el agua. Mientras caminaba y veía el atardecer, me convencí de que hacer este viaje fue una buena idea. Ahora, en la noche quiero buscar alguna discoteca para despedir mi estadía aquí. Mañana a las seis y media de la mañana salgo para Trujillo. Acabó mi tiempo.
miércoles 11 de febrero de 2009
Día -1: el viaje interior
Faltan 24 horas para mi cumpleaños y desde hace algunos días, para ser más exactos desde el “Día -10”, me he sentido desalentado, con ganas de tomar decisiones precipitadas. He vuelto a aburrirme en el trabajo, no le he encontrado razón a esa rutina de levantar pesas y dar patadas al aire, propinarle puñetes al ‘hombre invisible’ y no le he encontrado sentido a salir con los amigos.
Ha sido como el efecto bajada tras los días previos tan eufóricos, tan optimistas y con ganas de creer que se debe vivir el día (carpe diem) porque la vida es una y se va rápido. Es cierto también que a vísperas de mi cumpleaños me suele dar la ‘pensadera’ (o ‘pensadora’, según jerga ‘canera’), pero justo ahora es cuando me he detenido a mirar dónde estoy parado, qué quiero hacer y qué cosas no estoy dispuesto a hacer.
El compañero L6 me hizo acordar de esa frase de Fuguet que puede resumir el pragmatismo válido para poder vivir con cierta tranquilidad: “Algunos se venden, yo solo me alquilo”. Cuando acabé la universidad tenía más ilusiones que certezas y recuerdo que me sentía feliz de haber iniciado mi trabajo como redactor de calle en el año 2002. Actualmente, siento que me he estancado y que mi trabajo es tan mecánico e impersonal como el sellar bolsas o etiquetar sobres. En la universidad, por momentos me he sentido útil y creo que he cumplido con mínima solvencia mi función. Sin embargo, no he sentido gran satisfacción por ese trabajo y una de las cosas que me motivaron a seguir fue el reconocimiento mínimo, por cierto, de algunos alumnos y alumnas. Los mejores momentos los pasé fuera del horario de clases.
El año pasado fue el más duro que tuve desde que empecé a ganar mi propio dinero. A penas dormía cuatro horas y media – había días en que menos – y sentía que no quedaba bien ni en el diario ni en la universidad. Me quedaba dormido cuando viajaba en el carro, a veces no aguantaba el sueño en la redacción y me iba al baño, entraba a una de las cabinas por el mero hecho de sentarme a cerrar los ojos un rato. Tuve días buenos también. Pude contribuir más en mi casa, les daba propinas a mis padres y compraba libros aun cuando sabía que no tenía tiempo ni fuerzas para leerlos. Ha sido el año en que más he ido al teatro y al cine, que en mi caso era ya bastante. Puedo decir ahora que el cine por momentos me apasiona más que el leer. Antes me daba vergüenza admitir esto, pero ahora ya no.
Cuando recordaba que este jueves voy a cumplir 30 años, se me ocurrió que esta edad me convertirá en un “joven-tío” o en un “tío-joven”. De niño nunca tuve una visión futurista de cómo iba a ser de adulto, pero cuando en el colegio nos hacían hacer esos ejercicios que decían “Imagínate cómo te verás de aquí a cinco años”, pensaba solamente en que en cinco años (transcurridos desde que acabara el quinto de secundaria) saldría de mi casa sin decir adónde iba. Cuando ingresé en la universidad pensaba que de allí a cinco años estaría trabajando en El Comercio y que vería mi nombre antes del primer párrafo de cada artículo. Eso nunca ocurrió, pese a que estuve una breve temporada allí, y ahora en mi trabajo actual pensaba que iba a estar allí “mientras tanto”. Mientras tanto qué, decía antes. Mientras tanto veo la oportunidad de pasar a la edición impresa, mientras tanto encuentro un trabajo que sea más interesante que voltear notas de cables, que escuchar despachos de otros o el resumir al galope lo que acaba de decir el Presidente, o un ministro o congresista.
Mientras tanto eso, pasaron los años y otras cosas me fueron empujando a seguir en este trabajo. Primero renuncié, luego volví porque me llamaron y me ofrecieron mejor pago, aunque en verdad lo tomé con la urgencia que requería combinar la teoría con la práctica, pues durante el intervalo que estuve fuera me llamaron de la universidad para trabajar como profesor. Era como el cuento “La insignia” de Julio Ramón Ribeyro, que cada acontecimiento de a pocos iba involucrando más y más al protagonista en algo que este no tenía la menor idea de qué se trataba. En estos último cinco años, efectivamente, he estado como el protagonista de ese cuento, pues a los de mi entorno le suena bien cuando juntan lo que soy: periodista de un diario influyente (ahora un poco menos por razones empresariales) y profesor de una universidad particular. Pero yo nunca me la creía, como se dice.
He estado a punto de tomar decisiones precipitadas – sino atolondradas – y una de ellas era renunciar a mi trabajo y vivir en el azar otra vez (Como el vals El Pirata). Ya lo intenté una vez y la experiencia fue maravillosa los dos primeros meses, después se fue volviendo angustiosa, porque, seamos realistas, todos tenemos que asegurarnos un dinero para subsistir, lo demás es buscar comodidad. Mi conflicto ha sido precisamente que a mí me gusta la comodidad, o confort, para decirlo más afectadamente, pues he crecido con la idea que progresar es vivir mejor materialmente que antes. Es decir, nadie en su sano juicio quisiera pasar de un barrio tranquilo, sin problemas, a un barrio bravo ¿no? Nadie quisiera privarse de ir al cine o al teatro o de invitar a salir a una amiga. Concreto: se necesita dinero. Pero no afanarse en hacer derroche de este.
Pensaba en renunciar del todo a la universidad, pero algo me decía que me iba a arrepentir, y además porque este año quiero resolver lo del bendito título. Entonces opté por salirme de un curso y quedarme con el que me quitaba menos días de trabajo, es decir, el de octavo ciclo. Como lo comuniqué días antes a la jefa de mi área y noté cierta intranquilidad en ella, pensé que me iban a dar de baja por ‘despreciar’ el otro curso; sin embargo ayer me llamaron para que vaya a firmar el contrato por el ciclo que viene. Y en unas horas, cuando amanezca iré a vincularme por cuatro meses y también a volver a asumir mi rol de profesor y a actualizarme de todo lo que no he visto, leído o escuchado en estos dos meses de descanso.
Pensaba que para mi cumpleaños de mañana debería hacer una fiesta de desbande, tomar hasta perder la conciencia y/o bailar como endemoniado, pero el lunes tuve la idea de que irme de viaje sería la mejor opción. Primero, porque siempre he querido viajar y no he podido por no haber salido hasta ahora de vacaciones. Segundo, porque quiero alejarme de la rutina y además del viaje físico, material, pensar un poco a solas e intentar aclarar el sancochado que tengo en la cabeza. Y tres, porque me aburre que en mi cumpleaños tenga que organizar un itinerario de diversión, cuando soy recontraflojo para eso.
Ya saqué mi pasaje y justo el jueves 12 parto para Chiclayo, aprovechando que ese día me dan asueto en el diario. Tengo tres días de descanso, por eso aprovecharé también para ir a Trujillo, y confío en que en ese lapso pueda liberarme de tantas cosas que me fastidian, que me hacen sentir como un mueble y que me llevan a solo maldecirme. Vamos a ver qué resulta, pues de todo esto. Cuando regrese volveré a ser otra vez un redactor web y un profesor que tiene que preparar sus clases para el ciclo 2009-I. Pero igual seguiré siendo yo a secas y espero volver con algunas buenas nuevas.
domingo 1 de febrero de 2009
Día -11: Rueda de prensa
No le podía fallar a O. por lo buen pata que es y porque recuerdo que en la última ocasión que nos reunimos en casa de L. - hace ya un año y medio -, conversamos junto a M. sobre las tribulaciones de cada uno con las mujeres. Fue como ser parte de una secta de desdichados – y algo boludos - en el amor y, quienes en su desgracia se sentían unidos por eso. Con todo ello y a pesar de que nunca más pude reunirme otra vez con ellos, debido a que las denominadas ‘Tuerquitas de prensa’ eran los lunes - luego del cierre de la edición - y yo tenía que levantarme temprano al día siguiente para dictar clases en la universidad, seguí sintiéndome parte de ese grupo. Así que esta semana, al ver el e-mail de O. invitándome a su cumpleaños no pude decir que no.
El piso once de un edificio de Jesús María, con mi six pack de cerveza en una bolsa negra, y mi nerviosismo por no saber con quiénes me encontraría allí. Toqué el timbre y quien me abrió era P., uno de los fotógrafos del diario y quien tras saludarme entró en la cocina para preparar – o improvisar - un pisco sour. Atravesé el pequeño pasadizo del departamento y en la sala me encontré con dos parejas y el cumpleañero sentados en sendos sofás. No lo reconocí a primer golpe de vista, pero uno de los hombres que estaba allí era L. E. un ex compañero de trabajo del diario y quien sin querer fuera el que originó que yo recalara en Perú.com. Lo saludé con afecto, me palmoteó la espalda y me presentó a su esposa J., una mujer de sonrisa amplia y vestida como mandaba la noche tan calurosa: con un top rojo y un short color beige. Abracé a O. le entregué mi ‘ofrenda’ al dios Baco y me senté. Me presentó a sus otros dos amigos y empezamos a charlar de los conciertos a los que habíamos ido, de si es cierto que va a venir AC/DC, de si el concierto de R.E.M. fue más paja que el de Soda Stéreo; etc.
A los diez minutos llegó M., otro compañero de la redacción y quien me cae bien por su particular sentido del humor que para los lectores del diario queda registrado en las Plazas de Armas, y también porque en aquella reunión de hace año y medio contó con una sinceridad conmovedora sus cuitas con una flaca. Desafiando a todos, M. llegó con una botella de agua en la mano y al saludarlo se lo dije "M., has venido desafiante con esa botella de agua". Sonrió y me respondió que en la mañana había ido al dentista y que prefería no tomar. Varias horas después, M. mandaría al carajo a su dentista porque lo vi tomando cerveza y bailando ‘Twist and shout’ de Los Beatles con una periodista española, gordita y muy carismática.
De a pocos la sala empezó a llenarse más y a parecer tan pequeña como una caja de zapatos, y el ventanal se convirtió en un lugar disputado para intentar liberarse del improvisado sauna en el que se convirtió el depa de O. La fiesta se convirtió en un cónclave de periodistas, pues llegó gente de varios diarios, además desde luego del nuestro. Cada invitado saludaba y alzaba la voz cuando se presentaba en caso no se conocía con quien tenía al frente. La música no era el punto fuerte, pues desde una computadora con unos parlantes no muy potentes iba saliendo música que hacía recordar a la radio ‘La eñe’. Luego, gracias a Youtube y a Ares se pudo mejorar la cuota de ritmos y valgan verdades, cuando la gente tiene varios tragos encima baila lo que sea.
Estuve con A., mi actual jefe, con F., mi compañera de sección y a quien no pensé encontrarme porque entra a chambear a las ocho de la mañana. Fuimos formando una minitribu con la gente de la redacción, M. se había dispersado, O. bailaba cada vez muy entregado (‘ya está hecho O.’, decían al verlo), en otras palabras la fiesta se había armado y en la sala se hacían básicamente cuatro cosas: tomar, fumar, bailar y conversar. A, mi jefe, había ido al baño y nos contó que había visto un cuadro con la foto de un actor conocido, pero cuyo nombre no recordaba. A los cinco minutos, cuando me tocó despejar mi vejiga, noté que la estrella en mención era James Dean, el de ‘Rebelde sin causa’. Estaba en todas las posiciones, blandiendo el cigarro y con una mirada de palomilla calenturiento (como si no la ‘viera’ hacía años). Salí del baño y con voz de ‘chancón’ de colegio les dije: el actor ese se llama James Dean, el de Rebelde sin causa. "Eres grande, Jaimito. Grande, ah", me dijo L.E. "Sí, como 18 centímetros más o menos", le respondí y los hombres soltaron una risa estruendosa y cachacienta.
La gente seguía bailando, O. esta más sazonada que antes y prueba de ello fue que pusieron una canción de Miguel Bosé llamada ‘Don Diablo’, que convirtió por tres minutos y veinte segundos aproximadamente, la sala de O. en un simulador del ‘Down Town’. En tanto, yo sentía que las chelas me estaba haciendo sentir más ligero de boca, más bucólico, y tanto que empecé a fumar y ponerme junto al ventanal y seguir escuchando la conversa. Unos minutos después, no pude aguantar las ganas de bailar y saqué a F a bailar ‘Lágrimas’ de Roberto Blades. El ambiente de la sala era lúgubre, solo una lampara en un rincón que emitía una luz roja (que suscitó los comentarios alusivos) y la gente más y más sazonada.
Eran las tres de la mañana y la fiesta llegó a su clímax. Las cervezas bullían, la gente bailaba, O estaba cada vez más sazonado y por un momento uno se olvidaba de que al día siguiente muchos de los que estábamos allí teníamos que trabajar. Cuando había salido del baño me percaté de que una chica de blusa color turquesa estaba mal. Tenía todo el semblante de quien tiene ganas de devolver todo, es decir, de que se le venía el huayco. Estábamos con A y le dijimos: "¿Todo bien?". "Sí, todo OK", nos respondió. En esas salió a bailar con M y veíamos cómo se tambaleaba y más que bailar parecía que se alistaba para irse a dormir. "Oe, qué feo el baño. Acaban de ‘buitrear’", escuché cerca. Y era que la chica de turquesa había hecho un homenaje al pintor Jackson Pollock en el baño de O. Ya eran dos personas que hacían el mismo comentario y nadie, se atrevía de entrar a ese cuarto. Unos minutos después, M se llevó a miss turquesa junto a su amiga española y otra chica más para que tomen su taxi.
Al rato y con chela en mano, A empezó con una conversación que a no ser porque lo conozco hace bastante tiempo la hubiese evitado o cortado groseramente. Me estaba contando sobre un asunto de trabajo, sobre una decisión que quería tomar y que cito: "me tiene jodido, hermano". Era sobre un compañero de trabajo que lo tiene entrecejas porque tiene problemas de redacción y porque le falta algo de criterio. La verdad dura y pelada es que le quiere botar, pero es consciente que esa decisión es complicada. Así que me dijo que en un primer momento lo pensaba mandar de madrugada dos días y que o mejoraba y zas. Yo escuchaba, incómodo en verdad, pero respondía a su interrogante más complicada: ¿tú qué harías si estuvieras en mis zapatos? Me puse en sus tabas y le dije que de todas maneras debería conversar con él, pero mandarlo los dos días de madrugada lo iba a ser sentir mal. Era un castigo muy evidente, así que dije que le daría un día de madrugada. Luego vino la acotación, su confesión de lo estresante que es estar siempre bajo la égida de una jefa tan especial como la que tenemos y etc.etc. "Bueno" – le dije – yo en la universidad aprendí a tomar decisiones impopulares con mis alumnos y no me sentí mal porque era la única manera para que las cosas caminen". Así puede ser esto también. A se quedó más tranquilo y por fin acabó esa conversación tan incómoda.
Ya dieron las cinco y en cuestión de minutos la sala se iba quedando vacía. Al final solo quedamos el anfitrión, A, C, AR (jefe de prensa del ministerio de defensa), el editor de política, un pata del decano junto a una flaca con short guinda, y yo. Y allí fue que empezó lo curioso la conversación reveladora sobre todo en lo que respecta a esta carrera y a la realidad. No puedo dar detalles, pero en ese diálogo salieron a relucir muchos datos de actualidad y confirmé mi animadversión hacia el periodismo político. Me di cuenta que los periodistas, en muchos casos, son operarios de intereses de la gente que tiene poder. Meros intermediarios de un ajedrez en el que los reyes no saben comer y no quieren que se los coman. En fin, hacer periodismo político no es arar en el desierto, es bucear en una cloaca. Entendí muchas cosas mejor que leyendo los periódicos, pero lástima que ese periódico imaginario que pudo haber salido en esa madrugada sería inviable.
Eran las cinco y cuarenta de la mañana y O se estaba quedando dormido. Creo que era una indirecta para que nos fuéramos y yo consideraba que era una hora prudente para tomar mi carro hacia la casa. Bajé por el ascensor con A, caminos hasta la avenida Brasil. Tanteé tomar un taxi y la cifra me pareció tan elevada que dije yo espero acá mi combi caracho. Le dije a A que avance nomás, que técnicamente él estaba más lejos a su casa que yo. Nos despedimos tomó su taxi y para mi suerte encontré una combi. Me senté pegado a la ventana en la dirección del chofer y no pagué pasaje. Me vine a mi casa de gratis. Me ardían los ojos, no estaba tan mareado, quería dormir y pensé que la había pasado bien en la fiesta de O. Llegué a mi casa, me cepillé los dientes, me saqué la ropa y me eché en mi cama. No pude dormir más de tres horas, me desperté y me quedé con los ojos abiertos de largo. Ya en la noche del domingo me siento cansado, con ganas de dormir. Hasta mañana.