domingo 26 de abril de 2009

Está de moda quejarse

Todos se quejan. Unos más que otros. Yo también suelo ser un quejón, pero eso ¿de qué me ha servido? De nada, respondo. De nada. En las conversaciones cada cual se cree más mártir que el otro. Quejarse parece un pasatiempo nacional. Yo quiero, no me sale, me quejo, pero prefiero intentar. Es mejor que quedarse paralizado.

Está de moda quejarse. Se quejan los empresarios ante la crisis, pero no quieren hacer nada al respecto. "Que el gobierno haga algo", dicen. Se queja el trabajador porque si ganara más hiciera más. Nos quejamos por todo. ¿Y los que no tienen trabajo? Vaya que tienen motivos para quejarse. Pero la insatisfacción es la que nos mueve a quejarnos. La insatisfacción, o sea el inconformismo, es saludable, pero no debe quedarse en la queja. 

Creo, fatalistamente, que nunca vamos a estar conformes con nuestro destino. Pero tengo mis dudas sobre si el destino de uno está escrito. Sin embargo, a veces, tengo la impresión de que las situaciones confabulan para bien de uno, y a eso le llamamos suerte. Quizás sea una mixtura de ambas cosas.  Antes consultaba a brujas sobre lo que me podría pasar, pero pasados los años no acertaron en nada. Por eso y para evitar ansiedades inútiles no recurro a las pitonisas.

A veces la queja deriva en la envidia y ese es otro pasatiempo nacional. Como no nos sale nada y al otro sí, "ese tiene suerte".  Y eso deriva en su forma atenuada y que llamamos raje. Quienes rajan son unos quejones que lamentan lo que no tienen y creen que a los otros les ha llovido del cielo. De eso hay ejemplos de sobra y no hace falta entrar en detalles. 

La queja es zafarse del problema y no reconocer que uno es culpable. Me quejo del calor y no salgo a correr. Me quejo de la rutina y del trabajo y no hago nada. Reconozco que he usado a la queja de pretexto cuando no he querido hacer nada. Me quejo de mi trabajo, de las condiciones, pero lo único que he hecho con eso es pasarla mal. Hay un remedio contra la queja y se llama esperanza. Por algo estoy aquí, digo. Debo servir para algo, me repito. Lo único que me levanta el ánimo y hace que me eche sobre el hombro todos los problemas es creer que escribiendo puedo poner en jaque a mis quejas.


sábado 25 de abril de 2009

Imágenes retro III

Es una noche de invierno y estoy en Miraflores. Acabo de salir de la oficina y me dispongo a recoger a mi enamorada que llevaba un curso cerca de allí. Me había llamado horas antes diciéndome que no hacía falta que la recoja, pero no hice caso y me parecía que sería una buena sorpresa ir. Espero a pocos metros de la puerta y de pronto ella sale. Veo a otro sujeto que avanza hacia ella y le coloca una casaca térmica.  Aparezco  y les preguntó – casi a gritos - qué es lo que pasa aquí. No hacía falta siquiera esperar una respuesta.

Es mi primer día de clases como profesor en la universidad. Me moría de miedo porque dudaba de mis capacidades y temía que los alumnos me miren con desprecio. No sabía dónde quedaba el aula “ese cero tres” y menos que había que pedir dos tipos de llaves. Estaba nervioso y no llegaban los otros dos profesores con los que dictaba el curso. Dan las ocho y ni rastro de ellos. Llamo a uno y no me contesta el celular. Ni modo, pido la llave  y  me mando solo al aula. Me había equivocado de salón y salgo avergonzado. Estoy sudando y maldigo el haber aceptado este trabajo. Confundido, voy al laboratorio y encuentro a un grupo de alumnos que me preguntan si yo soy el profesor. Sí, respondo. Mi primera clase empezó con quince minutos de retraso.

Estoy en Ilo jugando con una niña llamada Corina. Tenía ocho años y había ido allá junto a mi tía y primos de Arequipa a visitar a mi tío Víctor. Desde la casa se veía el mar y los buques. Corina tenía los labios muy rojos y la piel muy muy blanca. Era nuestra vecina y sin saber qué era el amor la miraba siempre con detenimiento. Conversábamos, le contaba que vivía en Lima. Mi primo Carlos cuando nos veía empezaba a gritar “uuuu” (como ambulancia) y ella se avergonzaba. Días después nos regresamos a Arequipa y nunca más volví a saber de ella. 

lunes 6 de abril de 2009

Lacónico del Callao II

He salido a correr y me siento bien. Escucho una canción de Lavoe llamada “Emborráchame de amor”. Leí los diarios. Comenté el ensayo que me pidió una revista de comunicaciones. Leí un cuento de Chéjov llamado “La nueva dacha”. Si pudiera aproximarme al estilo del maestro ruso me sentiría menos huevón.

Se me está despellejando el dedo índice de la mano derecha. Me he dado cuenta que soy malísimo para el ahorro. No tengo dónde caerme muerto. Acabo de escribir otro mail grupal para los alumnos, menos rígido, con chacota. Veo en el Facebook las fotos de una amiga con unas europeas. La holandesa y española. Para otra vez será, chocherita.

Estoy solo en la sala. No hay bulla, son más de las doce pe eme. Me entusiasma que la semana sea más relajada. Me dan ganas de irme de viaje, pero saber que tantos harán lo mismo me desanima. Digo lo que siento, pero no sé si siento lo que digo. Pienso en mi futuro, el título, las comodidades…me deprime. No voy al concierto de Oasis. Me voy a trabajar. ¿Pronto llegará el día de mi suerte?

domingo 5 de abril de 2009

Cavilaciones de un ermitaño

El sábado aproveché para leer y no salí de casa. Terminé de leer la autobiografía no formal del colombiano Andrés Caicedo. No formal porque  “Mi cuerpo es una celda” está conformado por cartas que organizó Alberto Fuguet. Hay mucha identificación con las cosas que sentía este suicida de 26. Como me comentó en su momento Marlon -  él fue quien me despertó la curiosidad por el libro –, Caicedo sería quizás parte de nuestro grupo. Yo al menos creo comprender por qué se mató.

No sé si la soledad sea una elección o una determinación impuesta. Nadie quiere estar solo todo el tiempo. Es natural aspirar a tener una mujer al lado. Además, claro está, de la compañía de los amigos. Pero más dolorosa que la soledad es la incomprensión, es el sentimiento de que no sintonizamos con los de afuera y que aquello que decimos no se entiende.

Me gustan las cartas y lo testimonial que hay en un diario. En esos cuadernos me permito ser lo más crudamente sincero. Sé que en algún momento alguien los leerá. Soy consciente de ello y eso también lo entendía Caicedo. Decía que qué suerte que no leí estas cartas de Caicedo antes de los 25 años porque – lejos de ser una pose – yo tampoco me siento comprendido y el punto de partida es que no encuentro una satisfacción con lo que hago. No sé si a eso se le deba llamar depresión, pero se está volviendo un estado natural. Normal.

Si ensayara una solución a esto, quizás una ayuda sería irme a vivir solo. Lo he considerado y he decidido hacerlo. Hoy domingo no he tenido mucha determinación para ello. Todos mis traumas vuelven a salir a la luz. Aquellas frustraciones y promesas incumplidas. No sé qué hacer exactamente. Lo único bueno de este estado es que dan ganas de escribir, pero es alto el precio. Además, ojalá pudiera volcar toda esta desesperación en una obra de ficción. Mas no es así. Es solo un desembalse de frases, un desahogo emocional nada más.

Tengo que confesar que hasta hace muy poco creía que dentro de mí había un chispazo de genialidad y que este se encendería y ardería en algún momento. Dudo de mis capacidades para escribir porque en el 2006 creí que en solo un mes lograría escribir un cuento que me saliera de los cojones y ganar un concurso. Lo más triste de todo fue que cada vez que intentaba escribir me pasaba horas de horas frente al papel de Word en blanco.  Luego vino lo peor porque me empecé a sentir inútil, pues sin trabajo – renuncié al diario donde volví luego – me di cuenta que no servía para nada.

Yo creo que ni hasta mis propios amigos me entienden porque cada uno interpreta a su propio modo las cosas y eso es válido. Aquella conversación en Paramonga con Marlon y Christian me convenció de ello. Parece, pero no estoy en plan de amargado y no es una decisión querer estar solo. Christian sabe que hago intentos por salir y que no puedo en poco tiempo ser alguien totalmente distinto. No es divertido estar así. Es simplemente que sientes que no sintonizas con los demás. Sobre todo con las mujeres. Franco que me dolió la última choteada de una chica que conocí en una fiesta. Quiero entender que producto de los tragos me puse demasiado eufórico y días después al llamarla se quedó con esa idea.

Tengo algunas sensaciones en este momento. Una, que es terrible no saber por dónde empezar. Dos, que la compañía femenina me vendría bien. Otra, que escribir es una de las cosas que más me acomoda hacer. No sé bailar, canto pésimo y no tengo carisma. No creo en dios y creo que morirse es lo mismo que irse a dormir. Simplemente no estás. Es como apretar el botón off. Mañana será otro día. 

Mañana cualquiera

Qué suerte que no haya leído las cartas de Andrés Caicedo antes de los 25 años. De seguro ya habría  ideado mi suicidio. ¿Qué es tener éxito? Me pregunto en esta mañana de domingo en que veo el diario y busco anuncios de alquiler de habitación. Esbozo una respuesta y creo que tener éxito es estar conforme con lo que uno  hace y tener cierto reconocimiento (no solo en dinero).

Entre que leo los diarios de la mañana y veo algunos videos de un programa cómico, veo un e-mail de despedida de una compañera de trabajo. “El director me avisó (ya era hora) que no voy a seguir trabajando en el diario…”, empezaba. En esta mañana, no me siento con ánimos de nada. Debería estar concentrado en lo del cuarto, pero en este instante eso no me interesa. Me interesa encontrar cierto orden y eso no tiene nada que ver con el dinero.