En la mañana, minutos antes de que empezaran las clases, una alumna me sorprendió con la siguiente pregunta: "Profe, ya no escribe tan seguido en su blog ¿Por qué, ah?". La interrogante me hizo sonreir con nerviosismo y por la entonación con la que lo hizo sabía que se refería a este y no al del curso. Ya no como profesor, sino de igual a igual le dije que mi mente estaba en desorden, como si hubiera una pelea de gatos.
Esta observación, aparentemente insignificante, me hizo pensar al respecto. Mucho, diría yo. Siempre decía que cuanto más jodido me sentía, más ganas me daban de escribir. Ahora me da temor pensar que así como uno puede acostumbrarse al caos del tránsito o a la bulla de nuestro barrio, también la adaptación a la insatisfacción pueda paralizar.
Y si cada día es distinto, no lo sé. Desde hace un mes, más o menos, no distingo una semana de la otra. Salvo un sábado que me reuní con mis amigos, las otras han sido trabajo, trabajo. Por momentos me llego hastiar, pero sé que el dinero (el maldito dinero) obliga. ¿Pero hasta qué punto? ¿Qué tipo de vida quiero? Estas preguntas vuelven a mi mente porque mi situación es tan previsible que me aburre.
A mi alumna, quería decirle - ya que no pude hacerlo en la mañana - que en realidad no escribo porque me siento hastiado de la rutina y que de momento, vengo ahorrando para un día tener los verdaderos cojones de no hacer todo el tiempo cosas para otros. Y de paso, también, le agradezco por sacarme del marasmo y volcarme otra vez a escribir algo siquiera.
miércoles 13 de mayo de 2009
miércoles 6 de mayo de 2009
Paradojas bien cachosas
Antes no tenía ni un medio para salir, ni para invitar a una flaca al cine. Ahora, no es que sea rico, pero sé que tengo menos apremios, pero no tengo nada de tiempo.
Estamos en la era de lo digital, de la web; pero cuanto más me sumerjo en ella más dejo de leer un libro.
Cuanto más cerca tengo a mi familia, menos la valoro. Recuerdo cuando vivía en una casa ajena como guardían, ¡Cómo extrañaba el ruido, la presencia de mis padres!
La computadora que tengo en el trabajo es de lo más lenta, es una calamidad y eso que somos la sección web.
Cuando intento estar relajado sin preocuparme de nada, me siento absolutamente improductivo. Pero cuando programo todo, me siento menos humano.
Por eso este es el verso que más me repito a mí mismo: "Hoy me gusta la vida mucho menos, pero cómo me gusta vivir: ya lo decía", escrito por un tal César Vallejo.
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