Las cosas que escribo debería metérmelas por el culo. Antes escribía solo en un cuaderno y ese cuaderno lo he dejado en el olvido. Ando escuchando últimamente el timbre del mensaje de texto de mi celular, pero sé que no es cierto, que es producto de mi imaginación. Pienso ahora en lo que haré el fin de semana. Lo bueno de estar solo es que decides en diez segundos si vas o no a la fiesta del periódico.
La música que escucho no significa mucho ya. Cuando me despierto lo primero que busco es el celular para ver la hora. Somos dependientes del tiempo. Cada vez que puedo intento programar lo que hago, aunque suene de lo más cursi es que cuando no lo hago, simplemente el día pasa y me sumerjo en un tremendo marasmo.
Me preocupa ver mis manos más arrugadas que antes. Quizás más que arrugadas, será que han perdido la tersura de antes. Pero son ideas tontas, porque apenas tengo 30. Pero es cierto, yo solo me fío de la visión que con mis ojos directamente veo al mirar mis manos. No creo en los espejos. Ni siquiera creo en el reflejo de aquel día en que nos besamos y estando yo abrazándote por detrás mirábamos al espejo y sonreíamos por el mero hecho de vernos reflejados.
Yo me siento inútil para muchas cosas, pero en la que menos me siento torpe es en escribir. Aunque soy consciente que no lo hago bien – pues si así fuera no sería un redactor anónimo -, me gusta redactar lo que intepreto de la realidad, aunque sea sobre todo mi realidad. Eso justifica hundir mi trasero durante ocho horas en una oficina encapsulada y sin comodidades. Y también el vencer el temor de hablar en público. Eso justifica el que pueda hacer eso todos los días y que no me tenga que quejar (aunque lo suela hacer cada vez más). Eso es menos preocupante que no tener trabajo, definitivamente que sí.
Me gustaría tener los suficientes huevos para buscar caminos inseguros y hacer cosas, que pasarme buscando caminos firmes y seguir paralizado. Lo peor que podría pasarme es morirme y eso, últimamente, está presente. No sé por qué, aunque suene a pose y etcétera, etcétera. Es que no sé nada…pero hago el intento. Un día te dije que nosotros venimos al mundo no para buscar la felicidad, sino para esquivar la infelicidad. Te dije que aunque suene muy Paulo Coelho (que no lo he leído ni en su columna de El Comercio), tiene mucho de sentido. Es decir, necesitamos del amor, pero más nos necesitamos a nosotros mismos bien para así poder amar. Por eso te digo, ordénate y no hay problema, yo como el borracho en una novela de Kafka me voy doblando por el callejón…
Ahora que lo veo y lo leo, esto no está tan mal. Me acabo de poner a pensar en las cosas que debo volver a retomar. En esa maldita monografía que debo hacer para ganar más cochino-necesario dinero. Odio el siglo XXI, porque creo que la tecnología nos ha ido despersonalizando aunque podamos estar en todas partes y conversar con aquellos que físicamente no están cerca. Habrá abaratado todo, pero no es lo mejor. Y no sé qué hago acá. Usando Internet y exhibiéndome como un hámster en una jaula transparente.